martes, 23 de febrero de 2016

LA LECHERIA



          La llovizna manchaba las calles de un sutil manto de friolentas interrogantes, las esquinas permanecían en soledad deseando que en algún momento  el astro sacudiera el tiempo para mejorar el clima. Las piedras que ordenadamente daban cuerpo al camino sudando la humedad de estampas y recuerdos cuando se orquestaban en el interior de las callecitas del pueblo. A la distancia se dejaba escuchar el sonido de los cascos del jumento de una carreta que se bamboleaba buscando parsimoniosamente su destino, su tránsito diario recordaba las labores de los trabajadores de las lecherías que de madrugada se disponía a su paso a la labor en los corrales para ordeñar a las vacas y abastecer de leche al poblado.
          El conductor cubierto con un manto plástico y sobrero de paja se escondía de las inclemencias, exhalando en vaho su respiración. De cuando en vez sacudía las riendas para darle presencia a los caballos para hacerles incrementar su trote. Los tambos rebosantes de líquido blanco se sostenían en las pacas de forraje que las  acomodaban en su interior, cuando durante el trote los envases de aluminio tintineaban al chocar uno en contra otro en su movimiento.
          En la tienda ya la cola de mujeres se encontraban aguantando las inclemencias para surtirse del alimento, los envases de vidrio se llenaban con la certeza de medir en litros los pedidos y los encargos vertidos en pocillos a cambio de algunas monedas. Los perros anunciaban la llegada del cargamento y la aparición de las carretas que llegaba desde los corrales de ordeño. Los acomedidos mozos cargaban en sus hombros los depósitos que iban a formar parte de las ventas del día o para la fabricación de los productos derivados. En la vitrina y envueltos en hoja de plátano se encontraban los suculentos quesos, los botes de la crema y los platos del famoso requesón, calidad de la Lechería.
          Que me dicen da los muñecos de tortilla recién salida del comal que se transformaban en los mamachos, cuyo aroma deleitaba a los visitantes y propios de la casa y alertaba el gusto de los chapines.

           

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