lunes, 6 de junio de 2016

LA TELARAÑA



        En cuadriláteros de figuras geométricas, una araña se entretiene guindada en equilibrio, socarronamente tejiendo su tela; se balancea como en acto circense como trapecista donde cuidadosamente con sus patas estira los hilos con la sensibilidad como parte de su trampa mortal.
        La esquina junto al tapanco de machihembre de madera, tiene justo la parte de la pared que se descascara  en el repello de la antigüedad del techo, todo envejecido por el paso del tiempo.
        La puerta que se enciende en rechinidos que al moverse se desata sobre una alfombra de polvo y polilla, que se extiende hasta los rincones de la habitación, apenas un candelabro metálico que descansa sobre una mesa de áspero cedro que se sostiene en sus tres patas en el centro del cuarto abandonada a su suerte y a la soledad del punto. Un pequeño rayo de luz que proviene de una estrecha rendija en un vidrio roto en el ventanal que se hace vecindad de un jardín. El espacio apenas iluminado respinga con el viento que se escurre por el agujero esparciendo las partículas de tierra que caen sobre los enceres.
        El silencio se ordena en tonos de oscuridad cuando las reminiscencias de la tarde se hacen efecto, el vacío se rompe por los botes de una pelota de hule que brinca en la pared externa, el golpes fustiga la puerta que hace de llovizna mas de las polillas, choca en el dintel y penetra al interior, al caer levanta polvo y al arrastrase deja una guía en el suelo, cuando se hace engañosa y se esconde en los rincones. Nadie le hace seguimiento.
        Alguien asoma su cabeza en la entrada, se acompaña de una veladora para abrirse paso, sigilosamente el niño penetra marcando sus pequeños pasos sobre el tapete donde quedó la seña del camino de la bola. A veces agachado o moviéndose en cuclillas se acerca hasta el rincón, la escasa luz del candil no le permite ver con claridad y tan solo alarga su brazo y con su mano busca el balón.
        El maullido de un gato le hace retroceder mientra se le lanza por encima, el chico cae de espaldas y suelta la candela
que recorre un trecho y luego se apaga, dejando el ambiente mas oscuro que de costumbre.
        El niño se levanta y corre, mientras un viento extraño le empuja la puerta y le impide la salida, allí se recuesta tratando de empujar, golpea con el hombre pero el crujir de las maderas solo le produce polvareda. La sensación de estar acompañado le hace temblar del miedo, al fin logra hacerse paso por la entrada, donde se detiene fatigado y temeroso, al proceder a sacudirse el polvo mas los restos de telaraña La pelota sale despedida desde adentro y le golpea la cabeza. Una sardónica risotada maquiavélica se deja escuchar…
         

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